Martha Sepúlveda
Esta mañana noté una pequeña mancha sobre el dorso de la mano derecha. Si se mira rápido no se nota mucho, si se vuelve a mirar, es solo una pequeña medialuna de un café sin importancia. La he detallado con el rabillo del ojo varias veces, como si pudiera sorprenderla y preguntarle a quemarropa de dónde diablos saliste, a qué hora o bajo qué sol te dibujaste sin permiso. Y trato de acordarme si ayer en algún momento me quemé, pero no, ayer no prepare nada de cenar, quizá al encender un cigarro pero tampoco, porque el lugar en que se encuentra descarta la inverosímil posibilidad de que así hubiera ocurrido. Además, un delicado pero no menos sospechoso resecamiento de la piel, imaginen esoooo, mi tesoro, el encanto más poderoso que tengo, la gracia que me fue concedida por herencia de las Góngora y las Sepúlveda, matriarcas colosales de las cuales descienden en línea directa y a toda velocidad por mis venas algunos rastros de sangre castellana, azul y literaria.
El problema es que no estoy lista para el momento en que se le haga el milagrito a mi mai Doña Ceci y me llegue la hora del juicio, no concibo la vida sin chicharrones, chocolate, trasnocho ventiado, y definitivamente no he llegado al punto espiritual de intentar la conversión del vino en agua, ni la sumisa y vegetariana disciplina de los iluminados. Todavía mis expresiones de gozo son tan mundanas que nadie me baja de una mesa donde me subo a bailar en una rumba, ni me saca de la disco antes de que empiecen a barrer. Aún pertenezco al partido político del cantante brasilero Roberto Carlos, cuyo credo comparto hasta los huesos y que dice: "todo lo que me gusta, es ilegal, inmoral o engorda".
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