Ese día no pude llorar y aunque sentía una profunda tristeza, las lágrimas no rodaban por mis mejillas, sin embargo vi llorar a otros que en mi vida había visto, se querían arrojar a la fosa y ni siquiera conocían al fallecido, la gente me miraba, más bien me increpaba, cómo no llora?, cómo no está triste?, si era su ser querido, al ver sus miradas tuve ganas de gritarles, sin embargo preferí callar...
Hoy muchos años después de haber dejado para siempre aquel ser querido, él sigue atado a mi recuerdo, sus vivencias se volvieron mi ejemplo y aunque este muerto lo querré por siempre.
Ayer cuando conducía hacia el periódico que da abrigo a mis palabras, me sentía feliz, el momento era propicio, el sol se acostaba lentamente y las nubes parecían cobijarle en su último sueño, la música me traía el recuerdo de mi época universitaria, que bien me sentía, de pronto un carro se le atravesó a mi alegría, no se como logré maniobrar y salvarme de un accidente mortal, el vehículo que venía detrás de mi también logró superar el escollo, sin embargo aumentó su velocidad se puso enfrente mío y comenzó a hacerme señales obscenas, abrió el vidrio de su ventana y no paró de insultarme por un largo rato, yo sólo pude sonreír, le daba las gracias, le decía te quiero, porque eres un ser humano como yo.
No se como, otra vez, el libro Amarillo de García Márquez, El Amor En Los Tiempos De Cólera, llegó a mis manos, me entregué a la lectura de aquel amor imposible, un hombre que fue capaz de esperar 51 años a la mujer que siempre amó, hace poco repasé el párrafo en donde Juvenal Urbino subía por la escalera para coger el
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