Juan Carlos Berrio
En un cuento de Borges, existía un rey que quería construir un mapa tan grande como el mundo mismo, a escala real, así pues el papel cubriría los desiertos, cruzaría los océanos y taparía las llanuras y montañas. Cuentan que en aquel reino se escribía tanto que los libros no cabían en la bibliotecas y hubo que desocupar casas y palacio e inclusive puertos y graneros para almacenarlos, el rey quería que se escribiese sobre cada segundo que pasaba, sobre cada ser que nacía, sobre toda palabra pronunciada, en ultimas quería que se escribiera sobre todo para que su pueblo y su reinado nunca fuesen olvidados, pasaron los años, miles de ellos y de aquella civilización solo queda este cuento. Pero porque traje a colación esta historia medio fantástica, pensemos un poco cuando nos dicen la tierra, el mundo, el planeta, por referente siempre pensamos en un mapa, un atlas, millones de kilómetros de paisajes, de pieles y de sangres encerradas en un libro o un papel, pero la inmensidad se hace pequeña y te cabe en el bolsillo.
Cuando estaba en la escuela aprendiendo inglés, descubrí algo maravilloso, en el salón de clases había trece países juntos, Venezuela, México, Brasil, Honduras, Perú, Colombia, Haití, Israel, Sudan, Rumania, Pakistán, Egipto, Burma. En ese pequeño espacio no había fronteras, cada uno hablaba de su tierra y los demás escuchaban con respeto, por un momento comprendíamos que el mundo entero cabía en un salón de clases y el planeta no era un papel, ni un pequeño rincón en el universo, el mundo eran voces, gente, miradas, sonrisas. Conocer a otros ciudadanos de la tierra es como viajar a su origen, dialogar con ellos es conocer su cultura, su forma de ver y entender el mundo, valorar sus
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