Si hubiéramos sabido que esa era la última vez, quizá nunca habríamos marchado
Cuando dejamos aquellos amigos a la vuelta de la esquina y nos despedimos diciendo que regresaríamos, cuando abandonamos aquel café y al levantarnos de la mesa echamos una última mirada, para nunca olvidar aquella noche, esa gente, esa música.
Cuando recorríamos aquellas calles lavadas por la lluvia y nos hacíamos presos de sus olores y mirábamos cada casa, cada puerta, cada ventana. Cuando escogíamos la ropa para aquel viaje sin retorno y dejábamos otras prendas cargadas de recuerdos, cuando esculcábamos el viejo baúl, para después cerrarlo por siempre. Cuando recorríamos la casa paso a paso y nos aferrábamos a sus paredes, observábamos el paisaje inmóvil de sus muebles y aquellos cuadros con imágenes muertas, cuando abrazábamos los abrazos de nuestros seres queridos cuando nadábamos como criaturas huérfanas en esos ojos llenos de lágrimas.
Ese sentimiento de no volver no era ni siquiera comparable al de aquel viajero en espera del último tren en una ciudad desconocida, pero observada por un momento, como viajeros tratábamos de retener en nuestras mentes todos los paisajes las callejuelas, las colinas, los rostros de los transeúntes como nosotros, aventábamos una moneda a aquella fuente y con ingenuidad y la esperanza de un milagro pensábamos en volver, pero el sentimiento de tristeza no era tan fuerte, cuando éramos viajeros teníamos un hogar y alguien que nos esperaba, sabíamos que allí nuestro espíritu se anclaría de nuevo, gozábamos intensamente con el retorno.
Pero al momento de partir para no regresar las cosas eran bien diferentes, no éramos consientes de nunca jamás volveríamos a pisar aquel suelo, aquella tierra que sostuvo nuestros pasos.
No sabíamos que él nunca más se llevaría ese mundo hacia el abismo del olvido.
Partimos sin sospechar que todo lo
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