Hay un cuadro de Salvador Dalí, el pintor español que siempre me ha llamado la atención, es el torso musculoso de un ser humano, lleno de cajones abiertos, en uno de ellos hay un corazón ennegrecido, muerto. La metáfora visual, como yo la interpreto es que nosotros, guardamos cosas y sentimientos, tesoros y pesares en cajones bajo llave que muy pocas veces queremos que salgan al exterior. Sentimientos como el amor, la solidaridad, la amistad, la bondad, permanecen guardados en lo más profundo de nuestro corazón y casi nunca salen a flote, hemos construido una fortaleza de piedra en la que protegemos nuestros bienes más preciados , bienes materiales y espirituales que no tiene sentido si no se comparten con los demás, con nuestro prójimo. Nuestro corazón no puede ser el que pinta Dalí, debe latir, estar vivo, la esencia de lo que somos no puede estar encerrada, ni guardada para siempre. El espíritu noble de la navidad toca esas puertas gigantes, que nos separan de tu corazón, ábrelas, dale la bienvenida al afecto y a la felicidad.
Llegó la navidad, el papel pesebre se desenvuelve para convertirse en llanuras y montañas, pastores y ovejas emergen del polvo, luces de colores se encienden en las humildes casitas que rodean el portal en donde nacerá el salvador. Arboles mágicos crecen por esta época coronados por la más bella estrella, esa estrella que nos conduce al encuentro con los nuestros, con los que tanto amamos. La navidad es la llave que abre todos los cajones, para que se libere el dolor, para que salga la esperanza, para que brote el amor en las entrañas del árido desierto.
Mi casa esta llena de regalos, esos que no se envuelven ni se compran, regalos que son abrazos,
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