Podría empezar este artículo hablando de cada uno de tus libros, podría también mencionar cada uno de los personajes que en tus novelas vivían y morían, alguna vez te escuché decir que tu no matabas los personajes, que simplemente se morían como si adquiriesen vida propia, supe que cuando intentabas releer tus cuentos terminabas escribiendo sobre ellos nuevas historias, podría darle cabida a toda esa narrativa mágica que sostienen tus alas enormes de escritor consagrado. Pero no habría espacio para contar lo que es tu obra y tu legado literario, me conformo más bien en unas pocas líneas con tratar de dibujarles a los lectores, mediante palabras lo que tú representas como escritor para sus “macondianas” vidas.
Existe una triada, un triangulo en el que aquellos que escriben están encerrados, el yo escritor, el yo personaje y el yo lector, cuantas veces fuiste personaje y como el gitano Melquíades a través de sus pergaminos escritos en sánscrito, por las calles pantanosas de Macondo en Cien Años De Soledad, sólo la última generación supo descifrar el secreto ancestral que el viejo gitano había profetizado. Aureliano Babilonia comprendió que lo que estaba leyendo era su propia historia y las últimas líneas eran el final de su existencia y todos sus antepasados…
“El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo… Macondo era por entonces un pueblo muy reciente, un pueblo sin muertos es un pueblo sin pasado y Macondo era un pueblo sin cementerio.”
Cuantas veces como escritor lograste el palpito del lector, convertías en diamante lo que era hielo y los palacetes de gobiernos olvidados los llenabas de gallinazos, cerdos y vacas estrujadas, sólo tu como narrador nos enseñaste con palabras el profundo abismo
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