Juan Carlos Berrio
Los libros nunca mueren… cerrados, dormidos y empolvados, esperan las curiosas mentes que los despiertan de su sueño inmóvil
Los escritores, los poetas, ellos si mueren se van como algún َdía llegaron y desaparecen en medio de las sombras.
Pero a pesar de la muerte sus palabras toman vida de nuevo en los libros, se salen de las páginas y se convierten en un grito elocuente que nos ayuda a vivir.
Así conocí a Pablo Neruda, vi su cara en las hojas de sus libros, vi su aliento dibujarse en cada palabra de sus versos, vi sus ojos escondidos en la tinta negra de su poesía y desde ese extraño contacto le admiré y me propuse a leerlo con ansiedad.
Cuando Neruda, Neftalí Reyes, el poeta, el provinciano de Parral, el huérfano, murió, las calle de Santiago estaban ensangrentadas, la dictadura, el Gorilismo, la bestialidad, pisoteaba con su bota militar el glorioso pasado del pueblo chileno e iniciaba la destrucción de la memoria, ufanándose de ser restauradores del orden.
El féretro de Neruda recorría las calles y poco a poco, trabajadores, obreros y hombres común y corriente se unían a la triste caravana y la multitud gritaba, Pablo Neruda, presente. Hacer esto era un acto suicida en medio del nuevo gobierno militar.
El velorio se realizó en su casa destruida, en medio de las ruinas yacía el cuerpo del hombre que con su obra, había llevado a Chile hasta los confines del planeta.
Neruda murió, pero su poesía sobrevivió y hoy es patrimonio de toda la humanidad.
Su obra esta más presente que nunca y seguirá influyendo en cada nueva generación, su poética es perenne y sus versos son inmortales.
Su poesía reside en las minas de carbón, en
...
|