Hace poco leí un libro escrito por Aldoux Huxley en la segunda década del siglo 20, Un Mundo Feliz es el título de esta novela que plantea el futuro del género humano mediante una nueva civilización en la que los seres no nacen sino que son creados en laboratorios, hombres planeados de acuerdo a una serie de jerarquías y condicionamientos artificiales, recuerdo en unos de los capítulos cuando hablan de la supuesta perfección de una civilización en donde la familia es cosa del pasado, madre y padre son conceptos primitivos, sujetos que se cuecen en un frasco y no en el vientre cálido de una madre, todo coordinado por una matriz artificial que fabrica hombres en serie, moldes huecos sin personalidad. Parece un mal sueño esta novela de Huxley, pero la menciono a mis lectores como una reflexión, que tan distantes estamos de aquellas civilizaciones modernas que plantea este escritor. Yo pienso que ya lo estamos viviendo, una sociedad, la actual, en la que vivimos, que se ha olvidado de la familia, de su aporte esencial en la formación de un ser humano, hogares en donde nunca hubo un padre o una madre o peor aún, personas que nacieron sin saber quiénes eran sus padres. Que importante fue mi padre para mí, ahora que me pongo nostálgica y atisbo hacia el pasado lo veo erguido y fuerte colmándome de bendiciones, sin su ejemplo y su trabajo yo no hubiera sido lo que soy, el arraigo paterno es un pilar fundamental de la familia, sin embargo hoy, cuando el genoma humano ha sido descubierto y las clonaciones de personas están a la vuelta de la esquina, el hombre aun no comprende ética y moralmente lo perjudicial que podría ser la manipulación de la vida, critico profundamente
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