Juan Carlos Berrio
Liliana camina por las calles sucias de Barrio Triste, en Medellín, recogiendo la basura que se puede reciclar, mientras lo hace, llora y recuerda a su hija de dos años a quien no ve desde hace mucho, porque debido a su drogadicción y a su estado marginal le fue quitada la patria potestad de su pequeña. Liliana apenas tiene veinte años y desde los 5 años habita las calles, ella dice que no tiene madre y lo repite insistentemente mientras aspira un frasco de pegante. Cuando tuvo a su hija, su pareja la golpeó tanto que y por poco la mata, él alegaba que ese no era su hija y le juro que la mataba si la niña no se parecía a él. Ahora anda sola sin rumbo, guiada por la incertidumbre y el deseo implacable de consumir droga.
Como Liliana, Ana una joven a quien le escasea la dentadura y también la fortuna, camina por las calles de Barrio Triste, buscando vender su cuerpo al mejor postor, ella dice que tiene seis hijos con seis padres diferentes y su despoblada sonrisa lo reitera.
Ana consume Bazuco, pasta de coca que se fuma, y desde hace 15 años no conoce otro oficio que no sea el de prostituirse, entregarse por unas monedas, una botella de alcohol o una buena dosis de bazuco, ella dice que su hijos son su sangre y que algún día llegará sobria al Instituto de Bienestar Familiar para reclamar a sus pequeños, quienes escasamente le reconocen.
Refugiada bajo un puente en una gran avenida de la ciudad, con un embarazo de siete meses, La Loba, como se le conoce en el Barrio, impregna de Bazuco una pipa que ella misma ha diseñado con el tubo de un lapicero, mientras aspira la
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