Juan Carlos Berrio
Quisiera hablarles del mar y de una clase de vida que alguien me dicto, fue en la hermosa población de Bahia Solano, habia viajado hasta allí acompañando a una patrulla médica que mensualmente presta ayuda a la olvidada población de aquella región de Colombia, el último día, antes de marcharnos, fui a la playa, me senté en la arena limpia y contemplé el mar en su eterno ir y venir, observaba como las olas pegaban contra las rocas y reflexionaba a la vez sobre las grandes lecciones que nos dicta el mar, en esos momentos entendí lo eterno, pues sabia que aunque yo me fuera de aquel paraiso, el mar seguiría pegando abrutamente contra las piedras y nada ni nadie podría perturbarlo o cambiarlo.
Ese día entendí también al viento, supe de su fuerza y su delicadeza, al empuñar la arena y abrir mis manos vi como este suavemente movía cada minúsculo grano, parecía que cada uno de ellos tuviera vida propia en medio de la enorme playa.
Hoy después de muchos años de vivir entre el cemento y de pasar de largo por este mar floridano que aún no amo, recordé de nuevo el mar de Bahía Solano, sentí su aroma y sus caricias espumosas y salobres en mi corazón cargado de nostalgia, recordé aquel hombre que todos los días sin falta, construía bellos castillos de arena, todo el tiempo de su vida lo invertía en forjar sus creaciones y con el paso de los años se convirtió en en la atracción turística del lugar, castillos con torres de caracoles, murallas de piedras de colores, todos admirábamos la ardua labor de aquel arquitecto dedicado. Luego de terminar su magna construcción, se sentaba a contemplarla, no hablaba con nadie y aunque no fuera simpático algunos aprendieron a quererlo, otros por el
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