No sé porque cuando falta poco para que se acabe el penúltimo año de la primera década del siglo 21, pienso en un libro, Al Este del Edén, de John Steinbeck, en especial en el final inolvidable de esa novela que de cierta forma me enseño a vivir.
El viejo Adam Trask en su lecho de muerte, recibe la inesperada visita de su hijo, Caleb, a quien no veía hacia muchos años, ambos se habían separado por el odio, Adam decía que Caleb era un vago y que siempre buscaba lo fácil, además lo culpo de la muerte de su hermano menor, el preferido de este, quien se enlisto abruptamente en la guerra al saber que su madre, su verdadera madre a quien creía muerta, era la prostituta más reconocida de un poblado cercano al Valle Salinas donde trascurre la historia. Caleb, decía que su padre nunca lo quiso y que siempre lo comparaba con su madre, la mujer que un día los abandono, es mas cuando trabajaba, Caleb trataba de agradecer a su padre dándole dinero el cual Adam despreciaba, para Adam no existía nadie como su hijo menor, Caleb se sentía despreciado, como Caín en la historia bíblica que fue maldecido por la muerte de su hermano, Abel.
El último día de su vida Adam volvía a ver a su hijo, mucho tiempo había pasado, pero el odio aun llenaba los ojos de sangre de este viejo moribundo, Caleb por el contrario lloraba inconsolable buscando un gesto de aprobación para abrazar a su padre. La conciencia le remordía, porque había esperado tanto tiempo, para volver a su hogar, porque tuvo que que esperar a que su padre le escasease el aliento de la vida para pedirle perdón, la muerte ya
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